Si retrocedemos apenas una década, recordaremos que la vitamina D se consideraba casi exclusivamente como una medida para prevenir el raquitismo en lactantes durante el primer año de vida, así como un complemento para la prevención y el tratamiento de la osteopenia y la osteoporosis. La deficiencia de vitamina D apenas se tenía en cuenta y su determinación se realizaba de forma esporádica en unos pocos laboratorios, generalmente por recomendación de endocrinólogos que trataban a pacientes con osteoporosis.
Hoy en día, la situación es completamente distinta, y resulta difícil encontrar un ámbito o grupo poblacional que no pueda beneficiarse de la vitamina D. A las moléculas que influyen en múltiples procesos del organismo se las denomina pleiotrópicas, y la vitamina D es un claro ejemplo de ello.
Su función más conocida es la regulación del metabolismo del calcio y el fósforo, así como el mantenimiento de la densidad mineral ósea, protegiendo frente al raquitismo, la osteopenia y la osteoporosis. Sin embargo, la vitamina D también protege el sistema cardiovascular, participa en la regulación de la glucosa en sangre, influye en la barrera intestinal y la microbiota, contribuye a la salud neurológica y cutánea, y destaca especialmente por su papel en el sistema inmunológico.
El interés por los alimentos y suplementos destinados a reforzar el sistema inmunitario se ha disparado tras la pandemia de COVID-19. En este contexto, la vitamina D ha ganado protagonismo como un importante apoyo inmunitario, especialmente frente a infecciones respiratorias virales. La población ha tomado mayor conciencia sobre su importancia, la limitada aportación a través de la dieta, el papel de la exposición solar y la utilidad de la suplementación.
La vitamina D no es un nutriente convencional. Actúa también como hormona, inmunomodulador y micronutriente esencial que se sintetiza en la piel gracias a la radiación UV. Dado que la dieta cubre solo una pequeña parte de las necesidades, dependemos en gran medida de la exposición al sol. Por ello, durante los meses fríos, gran parte de la población presenta niveles insuficientes, especialmente personas mayores, pacientes crónicos o quienes pasan poco tiempo al aire libre en entornos urbanos.
Factores de riesgo de déficit de vitamina D
- Personas con baja exposición solar o que utilizan protección solar de forma constante
- Personas con piel oscura
- Personas con obesidad
- Personas que toman medicamentos que afectan al metabolismo de la vitamina D (anticonvulsivos, glucocorticoides, antifúngicos)
- Pacientes hospitalizados o institucionalizados
- Personas mayores
- Pacientes con osteoporosis
- Personas con problemas de absorción intestinal
- Enfermedades hepáticas o renales
- Enfermedades autoinmunes, oncológicas, endocrinas, neurológicas, cardiovasculares o psiquiátricas
Vitamina D y sistema inmunitario
Estudios experimentales han demostrado que la forma activa de la vitamina D influye en múltiples componentes del sistema inmunitario, tanto innato como adaptativo. Se ha observado una relación entre niveles bajos de vitamina D y un mayor riesgo de infecciones y enfermedades autoinmunes, como diabetes tipo 1, psoriasis, artritis reumatoide, tuberculosis, sepsis, infecciones respiratorias y COVID-19.
Además, su déficit también se asocia con diabetes tipo 2, hipertensión arterial y diversas enfermedades digestivas como la celiaquía o las enfermedades inflamatorias intestinales.
Actualmente, numerosos estudios analizan el uso de vitamina D en la prevención y tratamiento de estas patologías.
Dosificación óptima de vitamina D
Aunque todavía existe debate sobre cuál es el nivel óptimo en sangre, se considera adecuado mantener niveles de 25-OH vitamina D por encima de 75 nmol/L, y posiblemente entre 100 y 150 nmol/L para una función inmunitaria óptima.
Estas concentraciones suelen requerir suplementación.
Recomendaciones generales
- EFSA: 600 UI/día para adultos sanos
- Límite máximo seguro: 4.000 UI/día
Las dosis pueden variar según edad, estado de salud y niveles en sangre, por lo que se recomienda individualizar el tratamiento mediante análisis.
El uso de dosis elevadas debe ser temporal y bajo supervisión médica.
Vitamina D y protección frente a infecciones respiratorias
Antes de la era de los antibióticos, la exposición al sol se utilizaba como tratamiento para la tuberculosis. También durante la pandemia de gripe de 1918 se emplearon estrategias similares.
Hoy sabemos que la mayor incidencia de infecciones respiratorias en invierno está relacionada, entre otros factores, con la menor exposición solar y la reducción de los niveles de vitamina D.
Diversos estudios han demostrado una asociación entre niveles bajos de vitamina D y mayor riesgo de infecciones respiratorias. Un metaanálisis reciente (Jolliffe et al., 2021) concluyó que la suplementación con vitamina D reduce el riesgo de infecciones respiratorias, especialmente cuando se administra de forma diaria.
Las dosis más eficaces observadas en estudios se sitúan entre 400 y 1000 UI/día, mientras que dosis más bajas o más altas no mostraron el mismo beneficio.
Conclusión
La vitamina D es un nutriente clave con funciones mucho más amplias de lo que se pensaba hace años. Su papel en el sistema inmunitario la convierte en un elemento esencial para la salud global, especialmente en contextos de mayor riesgo de infecciones.
Mantener niveles adecuados, mediante exposición solar responsable y suplementación cuando sea necesario, es una estrategia fundamental para apoyar el sistema inmunitario y el bienestar general.
